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El Festival Peralada celebró su 40.º aniversario con una propuesta escénica dirigida por Joan Anton Rechi que reunió música, danza, teatro y artes plásticas en un homenaje a su historia y a su vocación de futuro.
La velada contó con la participación de Xavier Sabata, Rossy de Palma, Mark Milhofer, Botis Seva, Montserrat Seró y Dani Espasa, además de rendir un reconocimiento especial a Carmen Mateu, impulsora del certamen junto a Artur Suqué.
Las actuaciones, la evocación de la memoria del Festival y las intervenciones institucionales reafirmaron la continuidad de un proyecto cultural consolidado por su excelencia artística, el apoyo a nuevos talentos y su proyección internacional.
El acto concluyó con una composición escénica que integró luz, música, danza y creación plástica como símbolo de la evolución del Festival Peralada.
El Festival Peralada conmemoró cuatro décadas de excelencia artística con una celebración concebida como un homenaje a su historia y a su vocación de futuro. La velada reunió música, danza, teatro y artes plásticas en un recorrido escénico ideado por Joan Anton Rechi, con la participación de Xavier Sabata, Rossy de Palma, Mark Milhofer, Botis Seva, Montserrat Seró y Dani Espasa, antes de que el certamen continúe esta semana con la programación artística de su 39.ª edición.

La conmemoración situó en el centro la trayectoria de un proyecto cultural nacido en 1986 e iniciado artísticamente en el verano de 1987. Desde entonces, Peralada ha construido una identidad propia a partir de la lírica, la danza, la música y la creación escénica, manteniendo una relación constante con artistas de distintas generaciones y con un público que regresa cada verano.
El cuadragésimo aniversario permitió revisar ese camino, pero también insistir en la continuidad de una idea artística que sigue abierta a nuevos lenguajes y creadores.
La celebración rindió un homenaje especial a Carmen Mateu, fundadora del Festival junto a Artur Suqué y figura decisiva en el impulso de un certamen que ha alcanzado una posición destacada dentro del panorama cultural europeo.



La memoria de la fundadora apareció vinculada no solo al origen de Peralada, sino también a la capacidad de una iniciativa privada para consolidarse, crecer y encontrar continuidad en las siguientes generaciones de la familia.
La propuesta concebida y dirigida escénicamente por Joan Anton Rechi evitó el formato convencional de una gala conmemorativa. En su lugar, articuló un recorrido compartido entre artistas, invitados y público, con intervenciones que se sucedieron en distintos puntos del espacio y que integraron música, danza, teatro, iluminación y artes plásticas. La cena formó parte del dispositivo escénico y marcó el ritmo de la noche, aunque el peso expresivo recayó en las actuaciones y en la construcción dramática del conjunto.
La llegada a los jardines ya estaba incorporada al espectáculo. El tenor Mark Milhofer recibió a los asistentes acompañado por Dani Espasa al piano eléctrico e interpretó fragmentos de Mattinata, de Ruggero Leoncavallo, y Torna a Surriento, de Ernesto De Curtis.
Aquella primera aparición estableció desde el inicio el tono de una celebración en la que los intérpretes no permanecieron separados del público, sino que participaron del mismo espacio y del movimiento de la velada.


En el interior, Espasa enlazó al piano evocaciones de Debussy, Mompou y Bellini mientras Botis Seva ocupaba ya la escena. Las mesas, dispuestas en torno a una pasarela central, estaban presididas por veinticinco jarrones creados por Pi Piquer, piezas únicas vinculadas visualmente con la historia del Festival.
Esta presencia plástica acompañó toda la noche y adquirió especial importancia en el cierre, cuando iluminación, música y movimiento confluyeron en una única imagen escénica.


Rossy de Palma asumió la conducción de la ceremonia con una intervención cercana, irónica y deliberadamente integrada en la situación. Lejos de ejercer como presentadora externa, se movió entre los asistentes y los artistas, enlazó escenas, introdujo recuerdos y sostuvo buena parte del relato. Su presencia dio unidad a una dramaturgia compuesta por pequeños gestos, conversaciones, desplazamientos y apariciones musicales.
Uno de los ejes de la noche fue el contratenor Xavier Sabata, artista estrechamente vinculado a Peralada. Su interpretación de Morgen, de Richard Strauss, acompañado por Dani Espasa, aportó uno de los momentos de mayor recogimiento.
La canción surgió como continuación natural de una conversación sobre el origen del Festival y fue presentada sin ruptura entre palabra y música, en un espacio de proximidad que favoreció la escucha.
Más adelante, Sabata volvió a intervenir con When I Have Sung My Songs, de Ernest Charles. La pieza acompañó el tramo final de la velada, cuando la iluminación de Alberto Rodríguez comenzó a transformar la sala y los jarrones de Pi Piquer se encendieron uno tras otro. La escena reunió así varios de los lenguajes que han definido históricamente a Peralada: la voz, la teatralidad, la creación plástica, la luz y el movimiento.


La danza estuvo representada por Botis Seva, ganador de la tercera edición del Carmen Mateu Young Artist European Award, Opera and Dance. Su coreografía Sing Child Sing ocupó la pasarela central y convirtió la contención inicial en un movimiento cada vez más intenso.
La proximidad del público hizo visibles los cambios de peso, los impulsos y la relación física con el espacio, reforzando el carácter contemporáneo de una intervención que funcionó como imagen de futuro.
La presencia de Seva tuvo además un valor simbólico. En una noche dedicada a cuatro décadas de historia, su actuación recordó que la continuidad de un festival no depende únicamente de conservar una tradición, sino también de encargar nuevas obras, acompañar a los artistas jóvenes y abrir espacio a formas escénicas todavía en evolución. El premio que lleva el nombre de Carmen Mateu apareció así como uno de los puentes más claros entre el legado del certamen y sus próximas etapas.


Otro de los momentos líricos destacados llegó con la soprano Montserrat Seró, que interpretó el Aria de la Luna de Rusalka, de Antonín Dvořák. Su aparición, sin presentación previa, introdujo una atmósfera nocturna y contenida antes de una proyección de imágenes históricas del Festival.
Las fotografías de distintas épocas se sucedieron sin voluntad documental estricta, acompañadas por breves comentarios de Rossy de Palma y Xavier Sabata sobre las voces, los creadores y las figuras que han pasado por Peralada.
La memoria quedó así planteada como una experiencia colectiva, no como una enumeración de fechas o nombres. La celebración incorporó a las tres generaciones de la familia que han sostenido el Festival y recordó también a los espectadores veteranos, a los artistas que han regresado a lo largo de los años y a quienes se acercan por primera vez al certamen.


En el tramo institucional, el director artístico del Festival, Oriol Aguilà, remarcó que la celebración de los cuarenta años debía entenderse como una proyección hacia el futuro. A continuación, Júlia Reger Suqué, representante de la tercera generación de la familia fundadora, renovó públicamente su compromiso con la continuidad del proyecto.
También intervino el presidente de la Generalitat de Catalunya, Salvador Illa, quien agradeció la dedicación de la familia al Festival y destacó el esfuerzo realizado para mantener un ciclo cultural de alto nivel, con capacidad para situar a Cataluña en una posición relevante dentro del ámbito artístico internacional. A la celebración asistieron asimismo representantes institucionales y miembros de la familia organizadora.
El cierre escénico sintetizó el sentido de la velada. Mientras Sabata cantaba y Botis Seva realizaba un último recorrido por la pasarela, los veinticinco jarrones de Pi Piquer fueron iluminándose de manera gradual. La activación de las piezas convirtió el espacio en una composición común de luz, música, cuerpo y creación plástica, antes de que los intérpretes abandonaran la escena.
La celebración del cuadragésimo aniversario no quedó, por tanto, reducida a una mirada nostálgica. Peralada utilizó su propia historia como punto de partida para reafirmar una identidad construida alrededor de la excelencia, la convivencia de disciplinas y la confianza en los artistas.
La velada recordó el camino recorrido desde 1986 y dejó abierta la continuidad de un Festival que afronta ahora los próximos conciertos y espectáculos de su programación de verano.
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