La Novena Sinfonía de Beethoven llega al Auditorio Nacional con las entradas agotadas


Toda la Música | La Novena Sinfonía de Beethoven llega al Auditorio Nacional con las entradas agotadas

Publicado en TLM

Ver: La Filarmónica

La más célebre

El estreno de la Novena Sinfonía de Beethoven, que tuvo lugar en Viena en 1824, fue promovido por el propio compositor. El éxito de público, excepto el primer día, fue tan escaso que obligó a Beethoven a incluir Rossini en el programa para llenar el teatro.

Poco se podía imaginar el genio de Bonn que esta obra llegaría, con el tiempo, a ser la más célebre de la historia de la música. Hemos encargado a Karl-Heinz Steffens, quien ya nos mostró con su Heroica su extraordinaria competencia en el repertorio beethoveniano, que dirija este concierto en la Temporada del aniversario del compositor.

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Los intérpretes

Martes 19 de noviembre a las 19:30hs | Auditorio Nacional

Venta de entradas

AGOTADAS

Toda la Música | La Novena Sinfonía de Beethoven llega al Auditorio Nacional con las entradas agotadas

El Maestro Steffens, que es también un gran clarinetista, nos ofrece un regalo añadido: interpretar el Concierto para clarinete de Mozart.

Llega el Orfeón Donostiarra, con sus 100 voces, para presentar la Novena Sinfonía de Beethoven, obra que, a pesar de la tíbia recepción que obtuvo en su estreno en 1824 por parte del público generalista de Viena, se ha convertido en una de las obras más célebres de la historia de la música.

Karl-Heinz Steffens, que ya mostró su afinidad y talento con Beethoven en su debut en La Filarmónica, en 2018 con la Philharmonia de Londres y la Sinfonía “Heroica”, se presenta ahora con la Orquesta de la Ópera de Praga, de la que es titular.

El Maestro Steffens, también clarinetista, ha agregado al programa el Concierto de Clarinete de Mozart que dirigirá y tocará.

Sobre la Sinfonía nº 9 de Beethoven

La Sinfonía núm. 9 se estrenó el 7 de mayo de 1824 en el Teatro Kärntnertor de Viena junto con la Misa Solemnis. El éxito fue notable, pero hay que tener presente que el teatro estaba lleno de incondicionales del autor y que, por ese motivo, se le dedicaron cinco tandas de aplausos, cosa que provocó la intervención de las autoridades que lo consideraron excesivo (solo los miembros de la familia imperial tenían la exclusividad de recibir únicamente tres aplausos).

El hecho que los amigos de Beethoven organizaran este concierto, tenía que ver con el mal momento económico que estaba pasando el autor. Después de haber disfrutado durante más de diez años de la miel del éxito, hacía tiempo que Beethoven se sentía abandonado por el público vienés, que sólo le reía las gracias a Rossini y, encima, cuando quedó vacante el cargo de compositor de la corte, no lo nombraron a él: “En Viena hemos perdido el sentido de aquello que es bueno y vigoroso, de la auténtica música. Sí: Rossini & Cía., he aquí vuestros héroes.

De mí ya no deseáis saber nada”. Por lo tanto, la obra fue dedicada al rey de Prusia, Federico Guillermo III, y no a cualquier autoridad vienesa. En el escrito de vasallaje que le envía al rey, sorprende un Beethoven que puede que estuviera pensando en un lugar de trabajo, alejado de la capital austríaca: “Su majestad, no tan solo sois el Altísimo Padre de vuestros súbditos, sino también Protector de las Artes y de las Ciencias, más motivo pues de alegría por vuestra clementísima permisión, toda vez que tengo el privilegio de contarme como ciudadano de Bonn, entre sus súbditos. Ruego a Su Majestad, acepte clementísimamente esta obra como símbolo escaso de la gran reverencia que profeso a sus altísimas virtudes. El muy obediente y humilde de Su Majestad: Ludwig van Beethoven”.

La Novena no es solamente la Oda a la Alegría. Los 25 minutos que dura el último movimiento no hubiesen pasado a la historia sin los tres movimientos anteriores. Y eso Beethoven lo tenía muy claro.

Puede que por este motivo no dio por finalizada la obra hasta que no estuvo del todo seguro que había conseguido lo que se proponía: transmitir una idea como la de la “Fraternidad Humana” utilizando música pura. Buscaba la forma de crear un vínculo entre la voz humana y orquesta sinfónica sin que el texto borrara la prioridad de la música, pero que la ayudase a transmitir el mensaje de que todos los hombres y mujeres somos hermanos.

Estuvo años dándole vueltas a la obra, llenando de apuntes papeles y más papeles, y preguntándose si la utilización de un coro como final de una obra sinfónica era o no una locura. Finalmente, acabó siendo una necesidad. Es cierto que Beethoven puso música a un texto, pero lo hizo sobre la premisa de mantener la primacía de la música. Según el director Wilheim Furtwängler: “Para resolver el final de esta sinfonía, Beethoven necesitaba un texto sin un significado demasiado detallado, que no pusiese barreras al músico. Y lo encontró en la Oda a la Alegría de Schiller, que no celebra esta o aquella alegría definida, sino la idea de alegría en general”.

En diferentes momentos de la composición de esta sinfonía, Beethoven escribió algunas guías literarias para ir presentando el sentido de cada uno de los movimientos, incluso escribió diferentes intervenciones de una de las voces solistas, que iba dando pautas para entender los momentos de la obra. Finalmente, estas frases no fueron incluidas en la obra, pero apuntaban que, para las tres etapas que representan los tres primeros movimientos (destino, exuberancia física y amor), el hombre llega a la liberación y a la unidad, es decir, a la alegría del último momento.

Unos días más tarde, la Gaceta Universal de Leipzig publicaba una referencia al concierto dónde se podía leer: “Arte y verdad celebran aquí su triunfo absoluto y se puede decir con toda justicia: Non plus ultra. ¿A quién podría corresponder la misión de ir más allá de estos límites inaccesibles?”.

David Puertas Esteve
Músico y periodista

Fuente

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