Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

 

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Toda la Música | Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

Un verdadero thriller de amor entre máscaras

Una conspiración amenaza la vida del despreocupado gobernador Ricardo, quien podría ser asesinado en la confusión de un baile de máscaras. Sobre esa base argumental, que parece el arranque de una novela de Agatha Christie, Giuseppe Verdi construye un tenso thriller político y amoroso que recrea el asesinato real del rey Gustavo III de Suecia durante un baile cortesano en 1792.

Enredos sentimentales, negras profecías de hechicera o los ideales de libertad difundidos en una Italia dominada aún por el imperio austriaco, alimentan una ópera llena de dúos de amor, peligros, supersticiones y fatalidades.

Heredera de Rigoletto o La traviata, Un ballo in maschera es una ópera coral que combina lirismo y brillantez en un título que el gran público abrazó inmediatamente. Francesco Ivan Ciampa, al frente de la ROSS y del Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza, dirige al gran tenor mexicano Ramón Vargas junto a Lianna Haroutounian o Gabriele Viviani en un cast de primer orden para un gran Verdi.

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Ballo in maschera

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Toda la Música | Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Toda la Música | Un ballo in maschera, de Giuseppe Verdi en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

Días 11, 14, 17 y 20 de febrero a las 20:00hs | Teatro de la Maestranza

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Sobre la obra

Melodrama en tres actos de Giuseppe Verdi, con libreto de Antonio Somma basado en el libreto de Eugène Scribe para la ópera Gustave III, ou le Bal Masqué de Daniel-François Aube. Estreno en Roma, Teatro Apollo, el 17 de febrero de 1859.

Producción

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Reposición en colaboración entre el Teatro de la Maestranza y el Teatro Real

Ópera patrocinada por

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Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
Coro de la A.A. del Teatro de la Maestranza

Dirección musical
Francesco Ivan Ciampa

Dirección de escena
Gianmaria Aliverta

Diseño de escenografía
Massimo Checchetto

Diseño de vestuario
Carlos Tieppo

Diseño de iluminación
Elisabetta Campanelli

Coreografía
Silvia Giordano

Director del Coro
Íñigo Sampil

Asistente dirección musical
Pedro Bartolomé Arce

Asistente dirección de escena
Daniele Piscopo

Riccardo
Ramón Vargas

Renato
Gabriele Viviani

Amelia
Lianna Haroutounian

Ulrica
Olesya Petrova

Oscar
Marina Monzó

Silvano
Andrés Merino

Samuel
Gianfranco Montresor

Tom
Luis López Navarro

Un juez / Un siervo de Amelia
Moisés Molina

Argumento de la ópera

Acto primero

Primeras horas en casa de Riccardo, conde de Warwick, gobernador británico de Boston, Massachusets. Súbditos leales auguran a Riccardo toda felicidad, mientras algunos descontentos, secuaces de Tom y Samuel, expresan su odio y su propósito de buscar venganza. Anunciado por el paje Óscar, entra Riccardo y saluda a los presentes. Óscar le muestra la lista de los invitados a un baile inminente, que despierta en Riccardo el deseo por la mujer de la que está enamorado: Amelia, la esposa de su secretario Renato.

Todos se alejan y Riccardo ordena a Óscar que espere fuera con los demás. Al salir, el paje se encuentra con Renato quien, a pesar de ser el secretario de Riccardo, es también su amigo y confidente. Conmovido por el aire entristecido del gobernador, dice conocer la causa de su turbación. Riccardo, que no piensa más que en Amelia, se alarma comprensiblemente, pero se tranquiliza cuando entiende que Renato se refiere al complot de los conspiradores.

El secretario se ofrece para revelarle sus nombres, pero Riccardo se lo impide diciendo que no desea saberlo porque ello supondría consecuentes derramamientos de sangre, cosa que desea evitar a toda costa. Óscar regresa para anunciar al juez, que ha venido para solicitar el destierro para la adivina Ulrica, sosteniendo que su antro es una cueva de conspiraciones e intrigas. Pero Óscar toma la defensa de la adivina, alabando su habilidad en predecir los resultados de los asuntos amorosos. Riccardo, curioso, llama a la corte e invita a todos a visitar a Ulrica, disfrazados, ese mismo día, y ordena al paje que le prepare unas ropas de pescador. Renato teme por la seguridad de su señor y, en efecto, los conjurados prevén la posibilidad de un atentado, pero la corte acepta con entusiasmo y todos se ponen de acuerdo para encontrarse más tarde.

La cueva de Ulrica, donde una multitud variopinta espera sus profecías. Llega Riccardo, disfrazado de pescador, y advierte que ha llegado el primero. Silvano, un marinero, se abre paso entre el gentío y pide saber qué le reserva el destino como recompensa por los quince años que ha dedicado al servicio de Riccardo. Cuando Ulrica le promete oro y un ascenso,

Riccardo garabatea deprisa algo en un pedazo de papel que introduce, junto con dinero, en el bolsillo de Silvano sin hacerse notar. La profecía así se cumple enseguida y todos aclaman los poderes de la maga. En este punto se oye llamar a una puerta secreta del antro. Cuando Ulrica la abre, Riccardo reconoce a un miembro de la servidumbre de Amelia: ha venido a pedir una cita privada con Ulrica para su ama. Ulrica aleja a todos, pero Riccardo se esconde con el fin de escuchar en secreto.

Entra ahora Amelia que suplica a Ulrica que le dé un remedio para su culpable pasión por el gobernador. Riccardo se regocija por la inesperada revelación de que Amelia le corresponde en su amor. Ulrica promete que, si Amelia tiene valor de ir sola a medianoche al lugar donde se yergue el patíbulo y recoge una hierba especial con su propias manos, su súplica será atendida. Amelia se declara dispuesta a hacerlo y Riccardo decide seguirla entonces. Cuando se marcha Amelia,

Ulrica abre la puerta para hacer entrar a un gentío de cortesanos distintamente disfrazados, entre los cuales se hallan Samuel, Tom y sus secuaces y el paje Óscar. Riccardo pide a Ulrica que le prediga el futuro, pero cuando le presenta la palma de la mano, ella, asustada por lo que percibe, no quiere hablar. Finalmente, aunque con gran reluctancia, cede y predice una muerte prematura por mano de un amigo, precisando que la muerte le llegará por el primer hombre que le estreche la mano.

Riccardo, burlándose, ofrece la mano a todos los presentes pero nadie se atreve a tomarla. Justo en ese momento llega Renato en busca de su señor que, en cuanto ve a Riccardo, le estrecha la mano afectuosamente. Para Riccardo esto es la prueba irrebatible de que el oráculo ha mentido: Renato es su mejor y más fiel amigo. Renato llama a Riccardo por su nombre y con ello revela a la atónita

Ulrica que su cliente es el propio gobernador. Haciéndole saber que su demonio no le había revelado el nombre de su interlocutor y ni siquiera el hecho de que ella misma en ese mismo día iba a ser desterrada, Riccardo disipa los temores de la mujer dándole dinero. Agradecida, Ulrica repite su advertencia mientras una multitud, guiada por Silvano, se reúne para alabar al gobernador.

Acto segundo

Un lugar solitario, fuera de la ciudad, a los pies de una colina, donde los pilares del patíbulo, iluminados por la luz incierta de la luna, se yerguen entre la bruma. Amelia, completamente velada, se dirige vacilante colina abajo La agitación suscitada por el lugar y la turbación de las emociones hacen asomar ante sus ojos visiones espantosas, y cae de rodillas y reza.

Se une a ella Riccardo, que la ha seguido. Asustada, le suplica que la deje por la salvación de su buen nombre pero él, a causa del amor que siente por ella, se niega a hacerlo. Ella le dice que pertenece a otro, a su mejor y más fiel amigo, pero a pesar de estas protestas, él consigue arrancarle la confesión de que ella también le ama. Expresan juntos su pasión, pero luego Amelia percibe pasos que se acercan; reconociendo a su marido, se ajusta el velo enseguida.

Renato ha venido para advertir a Riccardo de que los conspiradores están cerca, esperando el momento para matarle. Cubriendo con su propia capa a Riccardo, le exhorta a huir. Riccardo duda, pero al final consiente hacerlo pero sólo si Renato le promete escoltar a la desconocida velada hasta la puerta de la ciudad y dejarla allí sin haberla mirado a la cara. Renato lo jura y Riccardo huye.

Cuando Renato se dispone a regresar escoltando a la velada Amelia, llegan los conspiradores para el atentado, pero la presa se les ha escapado. Para consolarse, Tom quiere ver la cara de la compañera de Renato, éste trata de protegerla y es amenazado. Amelia se interpone entre ellos y, en el colmo de la angustia, deja caer su velo.

Renato se queda atónito al ver a su propia esposa, mientras los conspiradores se divierten a sus espaldas por haber dado cita a su esposa en la hierba húmeda por el rocío en medio de la noche. Loco por la vergüenza, por los celos y por el sentimiento de traición por parte de su amigo a quien ha sido tan devoto, Renato invita a Samuel y Tom a un encuentro en su casa la mañana siguiente. Los conspiradores aceptan y se dispersan, riéndose todavía por el escándalo que estallará en la ciudad. Renato arrastra a la reluctante Amelia a casa.

Acto tercero

La puerta del gabinete de Renato es abierta violentamente por Renato con la espada desenvainada en la mano y arrastrando a Amelia. Grita que no hay excusa para una culpa tan enorme como la suya y sólo la sangre podrá darle satisfacción. Lágrimas y súplicas no sirven a la desdichada Amelia, que al fin acepta su destino pero, caída de rodillas, pide un último favor: que le sea permitido ver una vez más a su hijo antes de morir.

Renato se rinde a su ruego y la empuja a una habitación adyacente. A solas, Renato declara que no es a su frágil mujer a quien debería abatir su furor, sino al conde, a quien acusa de haber profanado a su esposa y envenenado su existencia.

Llegan puntuales los dos conspiradores Samuel y Tom. Renato revela su deseo de unirse a ellos. En principio, se muestran incrédulos, pero convencidos al final, hacen juramento de solidaridad y discuten quién será el encargado de dar el golpe mortal. Ponen sus nombres en trozos de papel que Renato introduce en un jarrón, cuando se asoma a la puerta Amelia para avisar de que viene el paje Óscar. Renato la obliga a extraer el nombre fatal. Ella, muy conturbada, lo hace: el nombre fatal es el de su marido y enseguida se da cuenta de lo que se está tramando.

Renato hace entrar ahora a Óscar, que trae una invitación para una mascarada. Amelia no quiere aceptarla pero Renato lo hace por ambos. Mientras Óscar se explaya sobre el esplendor de la velada, los conspiradores consideran que la ocasión será propicia para su golpe y Amelia se lamenta por haber sido instrumento en el complot mortal y se pregunta si será posible avisar a Riccardo. Los conspiradores se ponen de acuerdo en el disfraz que llevarán y en la contraseña: ¡muerte!

El gabinete en casa del gobernador. Sentado en su escritorio, Riccardo está sumido en sus pensamientos. Ha decidido renunciar por completo a Amelia y trasladar a Renato ofreciéndole un nuevo puesto en Inglaterra, a cuyo destino deberá partir enseguida acompañado de su esposa.

Vacila en firmar la orden pero al final, con gran esfuerzo, lo hace, guardando luego el documento en el pecho. Aunque deberá perder a Amelia para siempre, declara que no dejará de amarla y es asaltado por un inexplicable presentimiento. En este momento entra Óscar para traerle un mensaje que le ha dado una mujer desconocida con la orden precisa de entregarlo en secreto al conde.

El papel advierte a Riccardo de que en el curso del baile se atentará contra su vida, pero él se niega a hacer caso de la advertencia, ya que no quiere que piensen que tiene miedo. Envía a Óscar a prepararse para el baile y, olvidado de la decisión de no ver más a Amelia, se alegra ante la idea de que dentro de poco estará cerca de ella.

El salón de baile, donde se ha reunido una gran multitud de invitados, la mayor parte enmascarados, que alaban el esplendor de la recepción. Renato, no habiendo visto a Riccardo, consigue saber por boca de Óscar que el gobernador está presente e intenta arrancar al paje el secreto del disfraz del conde. Óscar se niega a decirlo, pero el astuto secretario le da a entender que debe comunicar al conde asuntos urgentes de estado y Óscar cede. Renato va en busca de sus socios.

Un instante después hace su entrada Riccardo seguido de Amelia, enmascarada, que le incita desesperadamente a huir. Por el interés de ella por su salvación, él intuye su identidad, pero dado que la ama, no tiene valor para apartarse de ella. Al fin él la pone al corriente de su plan de enviarla a ella y a su marido a Inglaterra el día siguiente. Mientras se abrazan en un último adiós, Renato, acercándose sin ser visto, clava su puñal en el pecho de Riccardo, que cae mortalmente herido, y los gritos de Amelia traen a escena a Óscar seguido de una multitud de invitados.

Óscar acusa a Renato del crimen, pero Riccardo, moribundo, ordena que lo liberen y, haciendo que su amigo se acerque, le explica que, aunque ha amado a Amelia, siempre ha respetado su honor y, sacando de su pecho el documento, le pone al corriente de su proyectada promoción. Mientras Renato contempla con horror las consecuencias de su equivocada venganza, Riccardo perdona a todos, se despide de sus amados súbditos y de su adorada América y muere.

Dossier de prensa

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