«Pavarotti me dijo: ‘Ahí está el piano, canta’»





Toda la Música | «Pavarotti me dijo: Ahí está el piano, canta»

Alberto García Demestres. El próximo jueves la diabetes sube a escena en Peralada, en una ópera de este discípulo de Pavarotti.
La straordinaria vita di Sugar Blood – Ópera en dos actos.

Nueva York, 1985. Una mañana de febrero, Alberto García Demestres (Barcelona, 1960), hacía sonar el timbre de un apartamento en Manhattan. Tenía 24 años, y una cita importante. Seguramente la cita más importante de su carrera profesional. En un piso con vistas al Central Park, Luciano Pavarotti le esperaba para comprobar su talento musical. Demestres hizo una audición, a solas, con el tenor de Módena que, a partir de ese día, sería su guía, asesor, y amigo. Antes de concentrarse en la música, maestro y discípulo comieron unos espaguetis al pesto.

Toda la Música | «Pavarotti me dijo: Ahí está el piano, canta»
Alberto García Demestres – Ferran Nadeu

¿Los preparó él? Sí, era su pesto. Comimos bastante. Yo siempre había oído que después de comer, mejor no cantar. Pero aquel día, solo acabar de comer, y no poco, Pavarotti me dijo: ahí tienes el piano, canta lo que quieras.

¿Qué le dijo al acabar su interpretación? Me dijo: «Tienes una voz muy simpática. Falta trabajarla técnicamente, te hago una carta para que puedas pedir becas».

Toda la Música | «Pavarotti me dijo: Ahí está el piano, canta»
Toda la Música | «Pavarotti me dijo: Ahí está el piano, canta»

¿Le abrió muchas puertas aquella carta? En España, y en Catalunya, ninguna. Sí tuve becas del ministerio francés, también en Alemania, Italia, e incluso en Bulgaria.

¿Cómo llegó a aquella cita con Pavarotti? A través de un amigo, un flautista de la Scala de Milán que había conocido estudiando en Francia. Un día me dijo que me había preparado una audición en Bolonia, con uno de los pianistas de Luciano, que fue quien ató luego la cita con Pavarotti. Coincidió que yo iba a Nueva York a recoger un premio y Luciano Pavarotti estaba también allí.

¿Era consciente de su golpe de suerte? Todavía hoy sigo alucinando de mi suerte y de la enorme generosidad que Luciano Pavarotti siempre tuvo conmigo. Me siento privilegiado de haber vivido con él, no solo una buena relación de profesor y alumno, sino también nuestra amistad.

¿Qué fue lo más valioso que le dejó? El amor por la música, la búsqueda de la perfección, y la conciencia de que la música siempre está con nosotros en la mente. Lo aprendí un verano en Pesaro. Luciano estaba estudiando ‘Otelo’ y, desde su terraza, vimos a los ‘paparazzi’ en la playa, y quiso bajar. Riendo y bromeando con los fotógrafos, en un momento dado, me dijo: «Acabo de ver dónde tengo que respirar en la frase». Aquel día fui consciente de que puedes estar haciendo 50.000 cosas, pero si tienes algo que resolver en tu cabeza, tu mente lo va trabajando. Tenemos sentidos que trabajan dentro, a nivel subliminal.

Sus composiciones resuelven melodías y letras, y aportan luz a cuestiones latentes en la sociedad. Su ópera La straordinaria vita di Sugar Blood -se estrena el jueves en el Festival de Peralada- ¿qué nos dice? El mensaje de esta ópera -en italiano, en homenaje a Luciano- es que la diabetes no debe ser excusa para renunciar a nada de lo que aspiramos a realizar, y además en el más alto nivel. También la he escrito esperando que el gran error que yo cometí durante 14 años, haciendo ver que no estaba enfermo y que no era necesario cuidarme, abra los ojos a personas con diabetes, diagnosticada o no, para que no lo ignoren.

¿Qué factura le pasó la vida por ello? Tuve un ataque al corazón, un ictus, un virus que se me comía y tengo, aún, dolor en los pies. Pesaba 135 kilos. Adelgacé comiendo menos, y más productos de temporada, y queriéndome más.

Su obra (sugarblood.demestres.es), ¿habla de todo ello, comida y salud? Sí, los personajes protagonistas son una niña -miembro del Cor Vivaldi de la escuela Ipsi de Barcelona- y su abuelo. Ambos tienen diabetes, como Luciano y yo. Inspirado en ello, Jordi Roca ha creado un postre especial, de coco y sandía; además, una hoja del programa es comestible.

Carme Escales

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