Reseña de la ópera La clemenza di Tito en Baden-Baden





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El ocaso de un soberano y el triunfo del amor.

La historia en torno a La clemenza di Tito, ópera en dos actos de Wolfgang Amadé Mozart (1756 – 1791), tiene mucha miga. Que hay buenos y malos gobiernos es algo que sentimos (y hasta sufrimos) todos en carne propia en diversas etapas de nuestras vidas. Ya lo presagiaba el pintor italiano Ambrogio Lorenzetti (¿1290? – 1348) en sus célebres frescos prerrenacentistas (1338 – 1340) para la Sala de los nueve (Sala dei Nove) del Ayuntamiento (Palazzo Pubblico) de Siena: Alegoría del buen gobierno, Efectos del buen gobierno en la ciudad y el estado, y Alegoría del mal gobierno; toda una advertencia a los gobernantes de aquellos y de todos los tiempos.

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Teatro Casa del Festival de Baden-Baden (Festspielhaus Baden-Baden)

Cuando el Antiguo Régimen (Ancien Régime) se sentía fuerte todavía, el poeta italiano afincado en Viena (1730) Pietro Metastasio (1698 – 1782), uno de los más importantes libretistas de ópera del siglo XVIII, escribía un texto sobre el emperador romano Tito Flavio Sabino Vespasiano (39 – 81), así como sobre su supuesta inteligencia, prudencia, solidez y bondad, aún cuando toda la gente instruída de la época, incluido el propio autor, sabían de sobra que el monarca, más conocido como Tito, no era menos sanguinario, voraz de poder y astuto que sus antecesores (y sucesores).

Toda la Música | Reseña de la ópera La clemenza di Tito en Baden BadenPero, y esto volvemos a experimentarlo ahora reiteradamente en el siglo XXI con el ejemplo que pretende estatuir el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decir o defender la verdad no es tan importante cuando se trata de mantener el poder a toda costa, aún a riesgo de pisotear valores democráticos.

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Tito, el del bello drama lírico, podría ser un personaje de cualquier otra ópera, obra literaria o de la realidad, desde Sarastro (el sumo sacerdote de Isis y Osiris en La flauta mágica) a Emmanuel Macron, pasando por el buen rey Enrique IV de Francia (y III de Navarra), el Mahatma Ghandi, y otros muchos más que han tenido o tienen actuación en el pasado reciente y en la actualidad.

La acción en La clemenza di Tito transcurre a las mil maravillas, con once arias distribuidas simétricamente a lo largo de sus poco más de dos horas de duración; algo así como las instrucciones que recibían los principes en la Edad Media, siguiendo una larga tradición literaria grecorromana, para adoctrinarlos sobre cómo debían comportarse públicamente (hoy sería esto una combinación de temas de autoayuda y técnicas de comunicación política); en fin, lecciones y advertencias a los gobernantes (incluso sobre los incendios del Capitolio). El texto de Metastasio fue utilizado en más de 50 óperas de diversos compositores. Sin embargo, a la vista está, las enseñanzas no han servido de mucho hasta ahora.

El último compositor que abordó el tema y que lo acomodó a su gusto fue Mozart. Por aquel entonces, 1791, los Guardias Nacionales franceses habían logrado detener nuevamente en Varennes-en-Argonne a Luis XVI y a su mujer, quienes trataban de huir del país. Marie Antoinette, la hermana menor de quien encargara la ópera a Mozart, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Leopoldo II de Habsburgo-Lorena (1747 – 1792), rey de Hungría y de Bohemia (1790 – 1792), había pedido reiterada e infructuosamente ayuda a su allegado que, al igual que Tito, tampoco duraría mucho más de dos años en el trono.

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No es de extrañar, en vista de aquel estado de cosas, que a la última ópera de Mozart, compuesta inmediatamente después de La flauta mágica y paralelamente al Requiem se le atribuyeran connotaciones políticas. Ninguna otra pieza lírica de Mozart ha generado tantas controversias, tantas discusiones desde su estreno como La clemenza di Tito.

Se dice que tras caer el telón, la emperatriz consorte, María Luisa de Borbón (infanta de España), habría criticado en voz alta la ópera, tildándola de porquería alemana. Hay cartas de esta señora, hija de Carlos III, en las que califica la música de muy mala y somnífera. El mismo Mozart incluyó en el catálogo de sus obras la observación de que considera a Tito una vera opera. ¿Pero qué es una ópera seria en una época de cambios tan grandes? ¿Qué es verdad, qué es realidad cuando el Antiguo Régimen desaparece y con él las viejas formas?

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Si bien por motivos muy diferentes a los de la infanta María Luisa, en la década de 1980 los conocedores de la obra de Mozart consideraban La clemenza de Tito una obra aburrida, por falta de elementos conflictivos o por el presunto amaño de magnanimidad que creían ver en ella. En sus grabaciones de la década de 1950 el director Joseph Keilberth (1908 – 1968) ya había rebatido viejos prejuicios al respecto y la obra experimentaba una especie de primavera alemana. Lo que todos nos preguntamos ahora es por qué precisamente en este verano son varias las óperas de Alemania (entre ellas el Badische Staatstheater de Karlsruhe) y otros países de habla germana que han puesto de nuevo en escena esta obra sobre la buena o la mala gobernabilidad. A decir verdad, no hay una respuesta convincente.

El director general (intendente) de los Festivales de Salzburgo, Markus Hinterhäuser, colocó a Tito a la cabeza de su primera temporada, con puesta del británico Peter Sellars y la batuta del griego Teodor Currentzis. Éste está en directa competencia con el discurso extravagante, comprometido con el Sturm und Drang del canadiense Yannick Nézet-Seguin (próximo director de la Metropolitan Opera de Nueva York a partir de 2020), quien dirigió esta versión concertante de La clemenza di Tito (que será grabado para la Deutsche Grammophon) en la inauguración del Festival de verano de Baden-Baden el 6 y el 9 de julio pasados. Quizás sea éste el sepelio de la pieza por algún tiempo.

Nézet-Seguin explota cada detalle de la partitura con meticulosa precisión, la Chamber Orchestra of Europe la ejecuta con magnífica virtuosidad y desenvoltura (trompas y clarinetes impecables), el RIAS-Kammerchor (excelentemente preparado por Denis Comptet) la interpreta con extrema puntillosidad, y otro tanto, con una prolijidad envidiable, hace casi todo el elenco de cantantes, un equipo de ensueño para esta representación.

Y digo, y subrayo casi todo el elenco, porque es una tragedia cuando uno ve a un gran artista como Rolando Villazón, quien ha tenido la desgracia de perder la voz, exigiéndose a si mismo continuar cantando tan mal, como lo hace, el papel de Tito (tenor). En realidad es una frescura, una afrenta al público y a la obra de Mozart lo que ha vuelto a perpetrar. Pese a los denodados esfuerzos que emprendía, Villazón no daba con las notas y se autoflagelaba sobre el escenario, La voz sonaba muy opaca; le faltaban las tonalidades desde el registro medio hacia arriba. Y cuando en algún momento lograba dar en el clavo (al final) su voz sonaba exagerada (gritos), sin moderación, sin expresión, sin emoción, sin belleza. Fue tal la vergüenza que Villazón no se animó a encarar al público al término del primer acto por miedo, tal vez, a ser abucheado (lo hizo al final y los aplausos se confundieron con los tributados al resto del elenco).

Para el Verano de Mozart de 2018 en Baden-Baden, Villazón, quien desde este año es Embajador de Mozart de la Fundación Mozarteum de Salzburgo, ha anunciado que cambiará de registro y asumirá el papel de Papageno (barítono) en La flauta mágica. Desde ya el continuado éxito para el mencionado sello grabador está más que asegurado.

Al lado del buen emperador romano, quien desmantela por si mismo su papel de soberano perdonándolo todo, se encontraba en Baden-Baden esta vez el mejor amigo, traidor e incendiario del Capitolio (de maravillosa voz) que uno pueda imaginarse: la excelente mezzosoprano estadounidense Joyce DiDonato en el papel de Sesto.

DiDonato presta enorme brillo, luminosidad y emoción a la velada, con una técnica y un timbre sobresalientes, y un histrionismo que magnetiza a la platea en las partes de mayor tensión de la obra, aquellas en las que el joven de corazón puro , y enamorado de Vitellia (hija del emperador anterior), debe destruir lo que más quiere. La Vitellia de Marina Rebeka es brillante y con agudos voluminosos, aunque no le vendría nada mal condimentar algo su voz con una pizca de suavidad y flexibilidad. Tara Erraught encarna a un Annio (amigo de Sesto y enamorado de Servilia) pleno de ricos matices líricos; y Regula Mühlemann hace una impecable Servilia. El barítono Adam Plachetka es un Publio (prefecto de los pretorianos) de cristalina voz (muy brillante en los duos, contrastando ferozmente con el opaco Tito de Villazón). Cálidos aplausos y ovaciones, aplacando algunos abucheos aislados, concluyeron esta señalada e inolvidable tarde (en todos los sentidos) en Baden-Baden.

Baden-Baden, domingo 9 de julio de 2017. Teatro Casa del Festival de Baden-Baden (Festspielhaus Baden-Baden). La clemenza di Tito, ópera seria en dos actos con música de Wolfgang Amadé Mozart (1756 – 1791) y libreto de Caterino Tommaso Mazzolá, basado en el Dramma per musica (1734) de Pietro Metastasio, estrenada el 6 de septiembre de 1791 en el Gräflich Nostitzsches Nationaltheater de Praga. Versión concertante con sobretítulos en alemán e inglés. Intérpretes: Rolando Villazón (Tito, emperador romano), Marina Rebeka (Vitellia, hija del anterior emperador), Joyce DiDonato (Sesto, amigo de Tito y enamorado de Vitellia), Regula Mühlemann (Servilia, hermana de Sesto y enamorada de Annio), Tara Erraught (Annio, amigo de Sesto y enamorado de Servilia), Adam Plachetka (Publio, prefecto de los pretorianos). Coro RIAS Kammerchor, preparado por Denis Comtet. Chamber Orchestra of Europe. Director Yannick Nézet-Séguin. 100% del aforo.

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