‘Nerabe Sorta’, de Pascual Aldave, recuerda en Baluarte cuál es el sonido de la niñez





Toda la Música | Nerabe Sorta, de Pascual Aldave, recuerda en Baluarte cuál es el sonido de la niñez

Ficha

Concierto de la temporada 2017/18 de la Orquesta Sinfónica de Navarra con el Orfeón Pamplonés. Jueves, 21 de septiembre. 20.00h en el Auditorio Baluarte.

Director: Antoni Wit, director artístico y titular de la OSN.

Solistas: Ewa Biegas (soprano), Pilar Vázquez (contralto), Robin Tritschler (tenor) y David Menéndez (barítono). Director del coro: Igor Ijurra.

Programa

Selección de la suite Nerabe Sorta, Op. 33, de Pascual Aldave (1924-2013) – 25’

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Sinfonía de los juguetes, de Leopold Mozart (1719-1787). La autoría es todavía confusa: durante años se atribuyó a Handel, después al padre de W. A. Mozart y, ahora, al monje benedictino Edmund Angerer. (Con la colaboración de alumnos de Secundaria del Colegio San Cernin de Pamplona) – 10’

Sinfonía nº 9, Op. 125 (“Coral”), de Ludwig van Beethoven (1770-1827) – 70’

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La crítica

Francisco Umbral, de cuya muerte se acaban de cumplir diez años, sostenía en su trágico Mortal y rosa que el alfabeto, los nombres y las letras sepultan lo mejor de la infancia. Cuando el niño empieza a tomar las palabras como suyas, olvida que el mundo (las piedras, la hierba, las esquinas) también es locuaz, y no sólo los hombres. Años después, adulto y hablando de la eternidad, la Tierra le escucha, pero él no puede escucharla. La infancia es, para Umbral, “humanidad que todavía se asoma a las cuevas húmedas de las otras especies y conversa con ellas”.

Nerabe Sorta, de Pascual Aldave, nos recordó en Baluarte cuál es el sonido de la niñez. La sección de cuerda de la Orquesta Sinfónica de Navarra y la batuta de Antoni Wit avanzaron con seguridad a través de tres movimientos de la suite. Crearon atmósferas de intriga y de sueño o narraron, a través de los pizzicatos, el juego anárquico del niño. Con firmeza y sensibilidad, devolvieron los oídos del público al mundo infantil. Destacó la canción de cuna “Seaska kanta”. Armonía monótona y pesante. Aldave quiso cantar cómo “el niño se queda profundamente dormido”. En cuarteto de cuerda, los líderes de cada sección entablaron con la orquesta un diálogo bellísimo que terminó con un acorde inestable y disonante en los violines.

Para la Sinfonía de los juguetes, de autoría confusa pero indudablemente clásica, ligera y divertida, subieron al escenario varios alumnos de Secundaria del Colegio San Cernin. Con matracas, flautas y silbatos que reproducen el canto de los pájaros, miraban a Wit y a la partitura con el rigor de un músico profesional. Y la concentración dio un gran resultado: los cucús y demás pájaros se fundieron con la cuerda y piaron con precisión, justo en el momento indicado por el papel.

Cuando Ludwig Van Beethoven estrenó su 9ª Sinfonía, no pudo escucharla. La música, que siguió con la ayuda de un manuscrito, estaba dentro de él. La anécdota cuenta que cuando la obra terminó y el público comenzó a vitorear, el compositor seguía imaginando sus melodías con la cabeza inclinada sobre la partitura. Uno de los solistas le tocó el hombro para que se diera la vuelta y viera a la sala en pie, aplaudiendo. Al final de su vida, la sordera había levantado un muro entre el mundo y él mismo.

En el Auditorio Baluarte, Antoni Wit supo con seguridad qué tipo de Novena quería dirigir. En general, optó por un tempo más bien ligero. En los dos primeros movimientos, dirigió con la firmeza y el ritmo necesarios para que el contrapunto del primer movimiento o la fuga magistral del segundo afloraran en los oídos del público. También supo respetar el papel de los silencios, tan tensos y determinantes en la Novena.

La actuación de la Orquesta Sinfónica de Navarra estuvo a la altura de su batuta. Sin embargo, el timbal y la sección de viento tuvieron más presencia que la cuerda. En los dos primeros movimientos, ésta última no alcanzó el aplomo ni la seguridad necesarios para “la madre de las sinfonías”. Las melodías y los diálogos en los violines, enfrentados sobre el escenario, aparecieron algo débiles y faltos de carácter.

En el tercer movimiento, el adagio, las variaciones bellísimas sobre el tema inicial destacaron sobre el resto de la orquesta y la cuerda cobró el protagonismo necesario para llegar al clímax de la sinfonía: el cuarto movimiento. Wit optó, con acierto, por un tempo contenido. Los chelos y contrabajos cantaron, en un unísono poderoso y arcaico, la melodía que desemboca en el célebre Himno a la alegría.

El Orfeón Pamplonés resolvió su papel con eficacia y rigor, aunque la dificultad de algunos pasajes (especialmente en el papel de las sopranos) quedó patente sobre el escenario. Entre los solistas, destacó el barítono David Menéndez. Su voz, con un volumen arrollador, envolvió toda la sala. Aunque con menos proyección, el tenor Robin Tritschler y la contralto Pilar Vázquez no se quedaron atrás. La soprano Ewa Biegas, a la que ya conocíamos por su papel en la grabación de la Misa en Re Mayor de Dvorak por la Sinfónica de Navarra, interpretó su papel (quizá el más delicado de los cuatro) con gran solvencia. Sin embargo, la diferencia de volúmenes en los solistas hizo que, en determinados pasajes, las voces no empastaran del todo.

La música, curiosidad infantil sepultada por el alfabeto o icono de la cultura occidental, ha sido la protagonista del primer concierto de Raíces, la temporada 2017/18 de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Ana Ramírez García-Mina

Fuente

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