Gloriana, la reina al desnudo. Una ópera de Benjamin Britten en el Teatro Real





Nueve funciones de Gloriana

Benjamin Britten (1913-1976) compuso Gloriana para celebrar la coronación de la reina Isabel II de Inglaterra, que cumplirá en junio 65 años de reinado. El solemne y pomposo estreno de la ópera en el Covent Garden de Londres el 8 de junio de 1953, con la presencia de los más altos dignatarios del Reino Unido y de la realeza europea, resultó un estrepitoso fracaso, ya que la ópera retrata con crudeza un episodio poco digno de la atribulada vida de la reina Isabel I (1533-1603), que se debate entre sentimientos y pasiones ‘demasiado humanos’, sin el aura heroica que esperaba el público selecto congregado para la ocasión.

Toda la Música | Gloriana, la reina al desnudo. Una ópera de Benjamin Britten en el Teatro Real
El pianista y compositor Benjamin Britten

Ver a la mítica ‘reina virgen’ renacentista, ya en edad avanzada y en el apogeo de su reinado ─en que florecieron William Shakespeare, Francis Bacon o Christopher Marlowe─, enamorada del joven (y casado) conde de Essex y actuando con ira, celos y despecho, o despojada de su peluca en la intimidad de sus aposentos, supuso un tal choque para los asistentes, que la crítica castigó a Britten sin compasión, confundiendo el valor intrínseco de la partitura con la inadecuación de su tema a las circunstancias festivas del acontecimiento.

Después de un largo letargo, y ya alejada del contexto social de entonces, Gloriana va poco a poco imponiéndose en la programación de los teatros, por la calidad musical y dramatúrgica de la ópera, que alterna momentos de magnificencia operísitica casi verdianos con escenas de intimismo, una orquestación refinada llena de evocaciones de la música renacentista ─sobre todo de Purcell─, y personajes herederos del teatro shakesperiano.

Figurines

Fotografías del espectáculo

Para esta nueva producción Robert James ha concebido una escenografía depurada y conceptual, en la que brilla el rico vestuario isabelino diseñado por Brigitte Reiffenstuel, que asume un carácter casi escenográfico. La ópera reflejará así, en la escena, la osmosis que traspasa también toda su música, escrita en el siglo XX, pero impregnada de olores y colores renacentistas.

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Maquetas de la ópera Gloriana

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Toda la Música | Gloriana, la reina al desnudo. Una ópera de Benjamin Britten en el Teatro Real

Ficha técnica

Dirección musical: Ivor Bolton
Dirección de escena: David McVicar
Escenografía: Robert Jones
Figurines: Brigitte Reiffenstuel
Iluminación: Adam Silverman
Coreografía: Colm Seery
Dirección del coro: Andrés Máspero
Dirección del coro de niños: Ana González

Reparto

Reina Isabel I
Anna Caterina Antonacci (Abr. 12, 14, 16, 18, 22, 24)
Alexandra Deshorties (Abr. 13, 17, 23)

Robert Devereux, conde de Essex
Leonardo Capalbo (Abr. 12, 14, 16, 18, 22, 24)
David Butt Philip (Abr. 13, 17, 23)

Frances, condesa de Essex
Paula Murrihy (Abr. 12, 14, 16, 18, 22, 24)
Hanna Hipp (Abr. 13, 17, 23)

Charles Blount, Lord Mountjoy
Duncan Rock (Abr. 12, 14, 16, 18, 22, 24)
Gabriel Bermúdez (Abr. 13, 17, 23)

Penelope, Lady Rich
Sophie Bevan (Abr. 12, 14, 16, 18, 22, 24)
Maria Miró (Abr. 13, 17, 23)

Sir Robert Cecil
Leigh Melrose (Abr. 12, 14, 16, 18, 22, 24)
Charles Rice (Abr. 13, 17, 23)

Sir Walter Raleigh
David Soar (Abr. 12, 14, 16, 18, 22, 24)
David Steffens (Abr. 13, 17, 23)

Henry Cuffe
Benedict Nelson

Una dama de compañía
Elena Copons

Un cantante de baladas ciego
James Creswell

El notario de Norwich
Scott Wilde

Un ama de casa
Itxaro Mentxaka

El espíritu de la máscara
Sam Furness

El maestro de ceremonias
Gerardo López

El pregonero
Àlex Sanmartí

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Otra oportunidad para Gloriana

Por Joan Matabosch

Toda la Música | Gloriana, la reina al desnudo. Una ópera de Benjamin Britten en el Teatro RealLos poetas contemporáneos de Isabel I de Inglaterra solían aludir a la reina como “Gloriana” para magnificar su reinado, que abarcó desde 1558 hasta 1603. Una “dama brava y ruda, de bromas toscas, gestos plebeyos, cazadora incansable, se podía volver de pronto –escribe Lytton Strachey- una mujer de negocios, de semblante oscuro, cerrada durante horas con los secretarios, leyendo y dictando despachos, examinando con rigor los menores detalles de informes y mensajes. Al poco rato, deslumbraba la refinada dama del Renacimiento, porque eran muchas y brillantes las cualidades de Isabel. Dominaba seis lenguas, además de la propia, conocía el griego, era una notable calígrafa y excelente músico, era experta en pintura y poesía, bailaba al gusto florentino con una suprema distinción”.

Basada en el estudio histórico de Lytton Strachey “Elizabeth and Essex” (1928), la ópera de Benjamin Britten no pretende magnificar la figura de la soberana sino penetrar en la complejidad y en las contradicciones de su carácter y de su actividad pública. El libreto está centrado en la fascinación de Isabel I por Roberto Devereux, conde de Essex, “el bello joven, arrogante y simpático, por sus maneras francas, su ánimo jovial, sus frases y miradas de adoración, su esbelta figura y noble cabeza, que sabía inclinar con tanta gentileza (…). Ella tenía entonces cincuenta y tres años, él menos de veinte, peligrosa conjunción de edades”.

El tema central de la ópera se encuentra en “The Queen’s Dilemma”, en el tercer acto: la reina sabe que, por muy enamorada que esté de Essex, no le queda más alternativa que asumir la responsabilidad de firmar su condena a muerte por traición. Porque para detentar el poder es imprescindible la supresión de todo sentimiento en nombre de la autoridad, como sabía perfectamente el Capitán Vere de la ópera anterior de Britten, “Billy Budd”. Y porque ejercer el poder implica, de alguna manera, ser capaz de destruir cualquier objeto erótico cuya amarga represión corra el peligro de desafiar el control de uno mismo, como intuía John Claggart, el maestro de armas del mismo “Billy Budd”. En “Gloriana” Britten se atreve a condensar en una única figura las personalidades de los dos protagonistas de “Billy Budd”, Vere y Claggart. Esa figura es Isabel I, la mítica Reina Virgen, cuya “pregonada virginidad –escribe Alison Weir- era más un asunto de política de Estado que una decisión personal, que en muchos sentidos le costó caro, condenándola de por vida a un solitario aislamiento, a la carencia emocional y a una forzada castidad”.

Seguramente no le quedaba alternativa en el siglo XVI, en un mundo que esperaba de las esposas que fueran sumisas y obedientes, como mandaban sus votos matrimoniales. Una reina como Isabel I se encontraba atrapada en una posición imposible: investida por Dios con la autoridad para mandar sobre su pueblo, al mismo tiempo se le exigía que se sometiera a la voluntad de su marido.

Incluso un súbdito como Essex, que sentía cierto afecto por la soberana pero que explotaba sin pudor la fascinación que era consciente de ejercer sobre ella, mostraba –como explica Weir- “una actitud hostil y desdeñosa hacia su autoridad y detestaba su rol servicial, convencido de que un hombre como él era de lejos muy superior a una mujer, no sólo en fuerza sino también en intelecto”.

Atrapada en una situación contradictoria, Isabel I tuvo muy claro cómo lograr que sus formas femeninas se esfumaran bajo las ceñidas complicaciones de su atavío. En su lugar, veían los hombres una imagen magnífica y portentosa de la realeza, creada por ella misma, que milagrosamente además estaba viva. Sus vestidos y joyas eran un uniforme de trabajo, los símbolos externos de su majestad, esenciales para mantener el mito de la Reina Virgen. Nadie podía aspirar a tanta magnificencia.

La ópera de Britten se atreve a profundizar en esta imagen oficial y mostrar lo que hay detrás de tanto oropel y esplendor: una mujer que envejece, que no puede dominar su cólera cuando se siente traicionada por el hombre que ama, que se siente obligada a anteponer el deber de su cargo a sus deseos como mujer y que es inteligente, responsable, refinada, astuta, ambiciosa, tiene un carácter fuerte, tiene una mente brillante y un dominio total del mundo masculino que la rodea, pero también está frustrada y es envidiosa, celosa, colérica y brutal. Es consciente incluso de que la suya es una posición frágil que la condena a desconfiar de sus seres más queridos: “conocemos la diferencia entre confianza y amor –dice Isabel I en uno de sus discursos-. Sabemos que es necesidad amar a los pocos que se han ganado nuestra confianza, pero que nunca jamás se debe confiar en quienes amamos”.

Ese dibujo apasionante, contradictorio, del personaje de Isabel I, tan en sintonía con otras óperas de Britten como “Billy Budd”, era lo último que esperaban los que habían encargado al compositor una inocua “piece d’occasion” para festejar la coronación de Isabel II, si era posible con melodías a lo “Merrie England” y ritmos de Gilbert & Sullivan. Desde luego, si esto es lo que querían hicieron muy mal de proceder al encargo, porque era altamente probable que si se le encomendaba una ópera a Britten, el resultado fuera precisamente una ópera de Britten.

Esta Isabel I crepuscular, disociada entre su amor por un joven aventurero lleno de ambición y su deber como soberana, no podía erigirse en espejo de la nueva era isabelina que se estaba inaugurando y los aristócratas, políticos y diplomáticos del estreno acogieron la obra con una disimulada indignación que la condenó a la marginalidad. Encima, su color oscuro hablaba con incómoda ambivalencia sobre las estructuras de la identidad británica y, por todo ello, en los años cincuenta acabó levantando ampollas. A estas alturas, ya va siendo hora de que nos olvidemos de las circunstancias del encargo y del estreno y valoremos esta maravillosa partitura por lo que es: una de las grandes óperas de Benjamin Britten. El compositor escribió (a Elisabeth Mayer): “La obra me parece la mejor que he compuesto hasta ahora”. Lejos de la polémica de su estreno, el Teatro Real ha decidido, en colaboración con la English National Opera de Londres y la Vlaamse Opera de Amberes, darle una nueva oportunidad de demostrarlo.

Joan Matabosch es diirector artístico del Teatro Real

Dossier de prensa

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Dpto. de prensa | Press Office

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